lunes, febrero 12, 2007

Calisto, historia de un personaje


El Teatro del Mercado apostó la semana pasada por Calisto, Historia de un Personaje, para que fuera representada en sus tablas. La obra, que ya cuenta con algunos años de carretera y manta ha conseguido premios como el Premio a la Mejor Interpretación Masculina del II Certamen Nacional de Teatro "Garnacha de Rioja" (1999) o el Premio del público al Mejor Espectáculo del Festival Internacional de Teatro de Ribadavia (2001).

Toda la representación corre a cargo de Álvaro Lavín, que llena con creces el escenario. La escenografía es austera y emana vejez, decadencia. La dirección corre a cargo de Miguel Seabra y el texto es de Julio Salvatierra. Hay que decir que Lavín realiza un gran trabajo y se hace con el público desde el principio, modula la voz, cambia de registros y personaje. Pero así como el trabajo del actor es destacable, el texto, a pesar de su originalidad, no acaba de convencerme.


Cuando leemos Calisto, creo que todos pensamos inmediatamente en el ya inmortal personaje de La Celestina. Y acertamos: el amante o la parodia del amante cortés. La obra pone en escena la historia de la representación de La Celestina en diferentes países desde su nacimiento con diversos juegos como la mención de un exitoso galán con las mujeres que no es otro que Guillermito Shakespeare. Lo rompedor es que la historia nos llega de boca de Calisto-personaje.


Calisto, como personaje que es, mantiene una conversación con el actor que va a representarle en ese momento. Esto es lo que llena de riqueza el discurso. Calisto habla de la grandeza de los personajes que trascienden la obra y se convierten en universales. En este juego personaje-actor-público se basan los cambios de voz de Lavín que, en su rol principal de Calisto, es una fusión del Nosferatu de Murnau y Gollum con voz de Francisco Rabal, por muy difícil que parezca imaginarlo.


Ese Calisto decadente y viejo, nos da una de las mayores enseñanzas de la literatura: hay que llegar a la esencia de los personajes.


Este tipo de diálogos entre personajes de ficción y seres "reales" siempre resultan rompedores, pero no son nada absolutamente nuevo. Siempre recuerdo los pasajes de esa gran obra de Unamuno, Niebla, en los que el personaje se rebela contra su propio autor, la ficción pretende superar a la realidad y, la verdad es que creo que algo se muere y nace en el autor cada vez que entierra a un ser salido de su pluma. Aquí va un pasaje de esa nivola en que dialogan don Miguel y Augusto, el problema se plantea también en términos metafísicos:



––¡Y tú no estás vivo!

––¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? ––y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.

––¡No, hombre, no! ––le repliqué––. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

––¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ––me suplicó consternado––, porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.

––Pues bien; la verdad es, querido Augusto ––le dije con la más dulce de mis voces––, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

––¿Cómo que no existo? ––––exclamó.

––No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:

––Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.

––Y ¿qué es lo contrario? ––le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.

––No sea, mi querido don Miguel ––añadió––, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...

––¡Eso más faltaba! ––exclamé algo molesto.

––No se exalte usted así, señor de Unamuno ––me replicó––, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...

––Dudas no ––le interrumpí––; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.

––Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

––No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...

––Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido a inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?

––¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? ––le repliqué a mi vez.


"¿No ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?" Esta reflexión me lleva a enlazar con algo que salió en clase el otro día: hay personajes tan manidos y conocidos que se pasan al plano de la realidad sin apenas darnos cuenta, lo que provoca que, a veces, lleguemos a plantearnos si determinado personaje es realidad o ficción (aunque a veces se dan las dos cosas): ¿qué hay de Robin Hood?, ¿y del Cid?, ¿existió el rey Arturo y sus caballeros? A veces la frontera no está clara.


O, puede pasar algo todavía más curioso, que se confunda al autor con su personaje, así por ejemplo ocurre en las representaciones pictóricas de Cervantes y Don Quijote, son similares. Podéis contemplar la semejanza entre la muerte de Don Quijote y la de Cervantes, por ejemplo.






Os invito a reflexionar sobre el tema, dar vuestra opinión y aportar nuevos ejemplos sobre este tema.

6 comentarios:

JoseAngel dijo...

Ahora hay por ahí una película con este tema, "Más extraño que la ficción..." Igual te divertía. Lo cierto es que morimos cada día al perder la consciencia, y nos tenemos que reinventar un poquito cada día, acordarnos de qué personaje somos y qué papel tenemos que interpretar. La realidad es un gigantesca conspiración colectiva para recordárnoslo unos a otros. "¿Qué es la vida? Una ilusión, Una sombra, una ficción." Pero consuela crear un personaje que está en la misma situación, o peor. Da seguridad comparativa, a la vez que inseguridad.

Ireth dijo...

Sí, he oído hablar de esa película, y me acordé de ella al redactar el post, pero no la he visto ni creo que lo haga. La presentan como algo novedoso, aunque sabemos que este juego es ya antiguo. Es curioso, pero ahora mismo tenía entre las manos "La vida es sueño" de Calderón, cuyos versos has rescatado ahora por venir a cuenta y mucho. Y, en la misma línea, me quedaría con aquello que dice también "y en el mundo, en conclusión,/ todos sueñan lo que son,/aunque ninguno lo entiende".

Un saludo.

Elros dijo...

Pues sí Ireth, una gran capacidad interpretativa la de Álvaro Lavín en Calisto; muchos registros para crear una multitud de personajes que no nos dejaron indiferentes a los asistentes al estreno.

Con respecto a la relación entre realidad y ficción o autores /personajes, mi primer recuerdo al leer tu invitación a la reflexión fue Jorge Luis Borges y su pequeño ensayo narrativo (si se le puede llamar así) "Borges y yo":


Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace ańos yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.


Creo que observamos el tema que tratas con la salvedad de que aquí el personaje tanto en la ficción como en la realidad es el mismo. El recurso del doble yo (ligado al habitual "espejo" del autor) sirve en este caso para expresar las fobias y filias de un escritor con su personaje (¿o las del escritor consigo mismo?); al tiempo que aparece una cierta dependencia entre uno y otro para expresar que el único ser del que se habla puede ser tanto de carne y hueso... como de tinta.

Vemos en muchas ocasiones (por ejemplo en tu "Niebla" de Unamuno) al escritor como una especie de "Dios creador" que hace con sus personajes lo que quiere... pero resulta más extraño, o quizá más egocéntrico, que el propio "Dios" se cree a sí mismo como personaje...

Ireth dijo...

Muy buen texto el que rescatas de Borges, yo lo descubrí gracias a un gran profesor que alguno de los que léeis esto conoceréis. Es realmente interesante. Y sí, esta temática tiene muchas vertientes o perspectivas desde la que analizarla.

Por cierto, el cambio de apariencia del blog no tiene otro motivo que intentar facilitar la lectura de los post, ya que creo que esta plantilla permite una mayor claridad que la otra en la que todo era negro. Disculpen las molestias jeje.

Fergus el Destructor dijo...

Casualidades, el primer comentario te recomienda la misma película que te recomendé hace unas horas :-). Pero dices, que no la verás...

¿Tu blog estuvo una temporada totalmente de luto? Que curioso.

Ireth dijo...

La peli me la recomendaba un profesor de Julia. Es curioso, pero no recuerdo nada de esa película, supongo que en ese momento vería el trailer por la tele o algo así porque cuando me hablaste de ella no la recordaba para nada. Quién sabe, quizá tenga que verla un día.

Sí, hubo un tiempo que fue negro y otro poco con unos lunares muy monos jeje.